Fenomenología
CUANDO EL ESPACIO TOCA LO QUE NO SE VE
No recuerdo la primera vez que entré a Santa Maria del Fiore, en Firenze Italia, era muy pequeña. Durante gran parte de mi vida, la visité y la recorrí como una local, como alguien que normalizaba su poder, su impacto. Su capacidad de hacer creer en lo divino, y no estamos hablando de ninguna religión.
A mis 16 años, me di la tarea de visitarla en compañía de alguien que no la conocía, y decidí sentirla y conocerla desde mis sentidos mas profundos…No recuerdo haber pensado, o mas bien… recuerdo no haber podido pensar mucho, solo el cuello hacia atrás, casi en automático, buscando el final de la cúpula. Recuerdo una sensación rara — la respiración que se desordena un segundo antes de que entiendas por qué.
Brunelleschi terminó esa cúpula en 1436. Cinco siglos antes de que existiera la palabra "fenomenología" aplicada a la arquitectura. Y sin embargo ahí está, haciendo lo que hace: pararle el cuerpo a quien entra, antes que la cabeza.
Eso me marcó. Pero no lo entendí en ese momento. Lo entendí cuando llegando a casa esa tarde, caí en cuenta la importancia de muchas veces olvidar algunos espacios para volverlos a sentir.
Lo que la palabra esconde
"Fenomenología" suena académico. Pesado. Como uno de esos términos que los arquitectos usamos para parecer profundos en una entrevista. Pero la idea de fondo es bastante simple y bastante incómoda, si uno la toma en serio.
La fenomenología sostiene que el conocimiento más verdadero del mundo no nos llega por el pensamiento, sino por la experiencia. No por análisis, sino por presencia. Maurice Merleau-Ponty lo formuló mejor que nadie en Fenomenología de la percepción (1945): no somos una mente que tiene un cuerpo, somos un cuerpo que percibe. El pensamiento viene después.
Llevado a la arquitectura, esto cambia todo.
Porque significa que cuando entrás a un espacio, lo que importa no es qué pensás de él. Lo que importa es lo que tu cuerpo ya supo antes de que pudieras opinar. Si te tensaste o te relajaste. Si bajaste la voz sin que nadie te lo pidiera. Si te dieron ganas de quedarte o de salir corriendo.
Esa información (la que llega antes del juicio) es la que la fenomenología toma en serio.
Y es la que la mayor parte de la arquitectura contemporánea ignora.
Santa Maria del Fiore, Firenze. Italia.
Pallasmaa y la enfermedad del ojo
Si tuviera que recomendar un solo libro a alguien que quiere entender de qué hablo cuando hablo de fenomenología, sería The Eyes of the Skin: Architecture and the Senses, de Juhani Pallasmaa (Wiley, 1996). O los ojos de la piel, título en español.
Pallasmaa, arquitecto finlandés, ex-decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Helsinki, miembro del jurado del Pritzker entre 2008 y 2014. Es decir, no es un poeta marginal. Es uno de los pensadores más respetados de la disciplina. Y su tesis es brutal:
La arquitectura occidental está enferma de visualidad.
Pallasmaa argumenta que hemos privilegiado tanto el ojo ( el render, la fotografía, la fachada) que olvidamos los otros cuatro sentidos. Y al olvidarlos, construimos espacios que se ven impecables pero se sienten vacíos. Espacios que funcionan como decorado pero no como hogar. Espacios que un fotógrafo profesional adora y un cuerpo humano ignora.
La primera vez que leí ese libro tuve que parar varias veces. Porque entendí que muchos espacios "exitosos" (los que aparecen en las revistas, los que ganan premios) son justamente eso: éxitos visuales que fallan corporalmente.
Pallasmaa escribe que la piel sabe cosas que el ojo no puede saber. Que el oído nos cuenta el tamaño real de una habitación antes que la vista. Que la temperatura, el peso, la textura, el aroma de un lugar componen una experiencia que ninguna fotografía puede transmitir.
Para mí ese libro fue un antes y un después. Lo recomiendo siempre.
La piel sabe lo que el ojo nunca podrá ver.
Zumthor: la atmósfera como decisión técnica
El segundo nombre obligado es Peter Zumthor, arquitecto suizo, Pritzker 2009. Su libro Atmospheres: Architectural Environments, Surrounding Objects (Birkhäuser, 2006) es un texto corto (apenas 75 páginas) pero que cambia la manera de entender el oficio.
Zumthor define atmósfera como "esa densidad y ánimo singular, esa sensación de presencia, bienestar, armonía, belleza... bajo cuyo hechizo experimento lo que de otro modo no experimentaría exactamente así".
La traducción es difícil. Lo que él describe es eso que sentís cuando entrás a un espacio bien diseñado y algo se acomoda dentro tuyo. No sabés qué es. Pero está.
Lo que hace Zumthor en ese libro (y esto es lo que me quebró la cabeza la primera vez que lo leí) es desarmar la atmósfera en sus componentes técnicos. Nueve capítulos donde explica cómo construye él esa sensación. Materiales y su sonido. Temperatura del espacio. Cómo la luz cae. La proximidad o distancia entre las cosas. El nivel de tensión que un espacio mantiene.
No es magia. Es decisión. Es trabajo. Es alguien que se sienta a pensar en cómo va a sonar el piso cuando alguien camine, y por qué eso importa.
Las Termas de Vals, que Zumthor diseñó en Suiza, son probablemente el ejemplo construido más claro de todo lo que el libro propone. Si alguna vez tienen oportunidad de visitarlas, vayan. Si no, busquen las fotos, pero sepan que las fotos no transmiten ni el 10% de lo que esas termas son.
La fenomenología en la arquitectura es mucho más que un enfoque de diseño; es un profundo entendimiento de la experiencia humana en relación con el entorno construido. Este enfoque nos recuerda que la arquitectura no solo se trata de estructuras y funciones, sino de emociones, percepciones y significados. A través de la fenomenología, los diseñadores y arquitectos tienen el poder de transformar espacios en experiencias que mejoran la calidad de vida de los usuarios. Al considerar cuidadosamente la luz, el sonido, el movimiento, la historia y la cultura, podemos crear lugares donde las personas no solo se sientan cómodas, sino donde encuentren la felicidad y el bienestar en cada rincón. La arquitectura fenomenológica nos invita a comunicarnos a través de nuestros proyectos y a regalar a las personas la oportunidad de vivir en un entorno que refleje y enriquezca sus vidas. .
lecturas que cambien experiencias
El tercer texto que cito siempre es Questions of Perception: Phenomenology of Architecture (A+U, 1994), escrito conjuntamente por Steven Holl, Juhani Pallasmaa y Alberto Pérez-Gómez.
Es un libro más técnico, más teórico, pensado para arquitectos. Pero contiene una idea que me persigue: que la fenomenología no es nostalgia. Que se puede trabajar con luz, agua, material y proporción de maneras absolutamente contemporáneas (innovadoras, incluso) sin perder la conexión con la experiencia humana primaria.
Holl lo demuestra con sus propios proyectos. Su Capilla de San Ignacio en Seattle, terminada en 1997, es contemporánea hasta el último detalle, y al mismo tiempo logra algo que solo la mejor arquitectura sacra antigua lograba: hacer que el cuerpo se sienta diferente al entrar.
Eso es lo que la fenomenología bien entendida produce. No edificios que parecen viejos. Edificios que parecen verdaderos.
Tadao Ando, el silencio que se camina
Después están los maestros que enseñan sin escribir.
Tadao Ando, arquitecto japonés autodidacta, Pritzker 1995, no necesita un libro para enseñar fenomenología. Cualquiera que haya estado en su Iglesia de la Luz (Osaka, 1989) o en su Templo del Agua (Awaji, 1991) entendió algo sin que nadie se lo explicara.
Tadao Ando trabaja con muy poco: concreto pulido, agua, luz, vacío. Y con eso construye espacios que silencian la mente y despiertan el cuerpo. No hay decoración. No hay ornamento. Hay proporción milimétrica, hay luz calculada, hay un recorrido que te lleva exactamente al estado emocional que el espacio necesita que tengas.
La primera vez que vi fotos de la Iglesia de la Luz pensé que era un truco fotográfico. La cruz que se forma con la luz que entra por la ranura del muro de concreto , eso no podía ser tan poderoso en persona.
Resulta que sí.
Resulta que más.
Volver a Brunelleschi
Y por eso vuelvo siempre a Filippo Brunelleschi. Una debilidad, quizás pero realmente es un punto de quiebre sensorial, sensaciones que cada que la visito se modifican, crecen al entender que nunca terminaré de entender el poder del espacio.
Porque Il Duomo de Firenze me enseñó algo que ningún libro pudo: que la genialidad fenomenológica no necesita la palabra fenomenología. La cúpula no fue diseñada con teoría. Fue diseñada por alguien que entendía, en el cuerpo y en la intuición estructural, que la escala produce emoción, que la luz produce trascendencia, que la proporción produce armonía.
San Miniato al Monte (también en Firenze, también del medioevo) siempre ha calado en lo mas profundo de mi ser. Es un edificio mucho más pequeño, mucho menos famoso, pero subir esa colina y entrar después del esfuerzo, encontrarse con esa luz, ese silencio, esa proporción que parece respirar, es una de las experiencias arquitectónicas más completas que conozco.
Y la Sagrada Familia de Barcelona, que es lo opuesto: caos organizado, vegetación pétrea, luz filtrada por vitrales que hacen que el interior parezca un bosque imposible. Donde Firenze me detenía, Gaudí me expandía. Diferente camino, mismo destino: el cuerpo, antes que la mente.
Esos espacios funcionan porque sus autores tomaron en serio la pregunta que la fenomenología pone en el centro: ¿qué le pasa al cuerpo de quien entra acá?
Lo que pasa cuando los arquitectos no se hacen esa pregunta
Lo opuesto también existe. Y duele.
Hospitales con pasillos fluorescentes, pisos vinílicos brillantes, sin contacto visual con el exterior, con tres pantallas encendidas en cada sala de espera. Espacios donde personas en el peor momento de su vida (esperando un diagnóstico, despidiéndose de alguien, recibiendo una noticia ) están además sometidas a una agresión sensorial constante.
Oficinas de planta abierta, sin privacidad acústica, con luz cenital uniforme, sin ventanas accesibles, con materiales sintéticos en todas las superficies. Espacios donde personas pasan ocho, diez horas al día, y donde se enferman, se queman, dejan de ser creativas, sin poder identificar la causa.
Casas que parecen catálogos. Espacios comerciales que gritan. Clínicas veterinarias que aterran a los animales antes de que alguien los toque.
Todo eso es arquitectura que se diseñó sin preguntarse cómo se va a sentir quien la habite.
Y todo eso se podría hacer distinto. Cuesta lo mismo. A veces cuesta menos.
Cómo trabajamos esto en Lupi
En Lupi tomamos esto en serio. No como referencia decorativa: como método.
Cada proyecto que aceptamos empieza con la misma pregunta antes que cualquier otra: ¿quién va a habitar este espacio, y en qué estado emocional va a llegar?
Una clínica estética: gente que viene con inseguridades, expuesta, vulnerable. ¿Qué necesita sentir el cuerpo al entrar? Contención. Privacidad. Una luz que no sea quirófano. Materiales que se sientan cuidados, no clínicos.
Un hospital veterinario: dueños angustiados, animales que ya saben ( porque los animales saben) que algo anda mal. ¿Qué necesita el espacio? Bajar el nivel de estrés desde la entrada. Materiales que absorban sonido. Recorridos que separen perros de gatos. Luz natural donde sea posible. Olores controlados.
Una casa: ¿quién vive ahí? ¿Qué horarios tiene? ¿Cómo es su relación con el silencio, con la luz, con el contacto con el exterior? ¿Qué memorias sensoriales debería activar este lugar para que se sienta verdaderamente suyo?
Después de esas preguntas vienen las decisiones técnicas. Antes, no.
Eso es lo que diferencia a un proyecto que funciona (que sostiene a quien lo habita) de uno que solamente se ve bien.
arquitectura pensada / arquitectura humana / arquitectura consciente /
arquitectura pensada / arquitectura humana / arquitectura consciente /
La pregunta que importa
La fenomenología no es un estilo. No produce un tipo reconocible de edificio. No tiene paleta de colores ni firma visual.
Es una ética del diseño. La decisión de poner a la persona: su cuerpo, sus emociones, sus memorias, su bienestar en el centro de cada decisión proyectual. Antes del presupuesto. Antes del estilo. Antes del render.
Brunelleschi lo hizo hace seis siglos sin nombrarlo. Pallasmaa lo escribe desde Helsinki. Zumthor lo construye en los Alpes suizos. Ando lo demuestra en Japón con concreto y agua. Y nosotros, desde San José, intentamos honrar esa tradición cada vez que nos sentamos frente a un proyecto nuevo.
La pregunta que organiza todo es siempre la misma:
¿Cómo se va a sentir quien habite este espacio?
Porque la arquitectura no se mide en metros cuadrados. Se mide en lo que produce dentro de las personas cuando la habitan.
Y esa huella ( la que un espacio deja en el cuerpo y en la memoria, la que cambia algo en quien entra y en quien sale ) eso es la fenomenología hecha arquitectura.
Lecturas recomendadas
Si llegaste hasta acá y querés profundizar, estas son las referencias que cito:
Juhani Pallasmaa, The Eyes of the Skin: Architecture and the Senses. Wiley-Academy, 1996 (ediciones revisadas en 2005, 2012 y 2024). Hay traducción al español: Los ojos de la piel: la arquitectura y los sentidos, Gustavo Gili, 2006.
Peter Zumthor, Atmospheres: Architectural Environments, Surrounding Objects. Birkhäuser, 2006. Traducción al español: Atmósferas, Gustavo Gili.
Steven Holl, Juhani Pallasmaa y Alberto Pérez-Gómez, Questions of Perception: Phenomenology of Architecture. A+U, 1994. Reeditado por William Stout Publishers, 2006.
Maurice Merleau-Ponty, Phénoménologie de la perception, 1945. Traducción al español: Fenomenología de la percepción, varias ediciones.
Tadao Ando, obra construida :especialmente la Iglesia de la Luz (Osaka, 1989), el Templo del Agua (Awaji, 1991) y la Casa Koshino (Hyogo, 1984).
Si querés que te recomiende lecturas según un proyecto específico que estés pensando, o si querés conversar sobre cómo aplicar estas ideas a un espacio concreto (una clínica, una casa, una oficina, lo que sea) escribinos por WhatsApp al +506 6107-0046 o agendá una llamada exploratoria.
Nos gusta hablar de esto.

